Indagando el futuro

La crisis del Estado y del trabajo.

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 Es un poco paradójico que tratando de la crisis actual haga referencia con frecuencia y recomiende la lectura de Jeremy Rifkin. La desorientación y el despiste intelectual, ante la crisis social, económica y política actual, es tal, que me parece bastante inútil otra referencia como sería la de los borradores de K.Marx  (“Elementos fundamentales para la crítica de la economía política”) que siguen siendo, a menudo, mi propia fuente de estudio y de consulta, y que han ido desde hace bastante tiempo acompañando mi proceso personal. La anticipación de Marx (en 1857) de los límites que alcanzaría el sistema económico que conocemos como capitalismo, en estos borradores que le sirvieron para más tarde escribir “El Capital”, superan con creces los análisis y las reflexiones de Rifkin. Pero éste tiene un gran mérito. Como intelectual y economista asesor de numerosos gobiernos de lo que podríamos llamar “moderna derecha del sistema” tiene el mérito de su lucidez en la comprensión de las grandes transformaciones que están en marcha desde hace más de 50 años en lo que él mismo denomina tercera  revolución industrial y en la anticipación, de que la envergadura de éstas van a provocar, inevitablemente, profundas grietas en las relaciones sociales.


 Hace casi 20 años que leí a Rifkin. Su libro, “El fin del trabajo” y un corto escrito resumen de una conferencia pronunciada en la sede de MERCOSUR en octubre del año 1998 son, a mi parecer, una buena fuente para la reflexión. He de decir también, que de aquellos años es el interesante folleto “Manifiesto contra el trabajo” (del recientemente fallecido Robert Kurz y del Grupo Crisis). Una crítica a la sociedad del trabajo asalariado desde las posiciones de la izquierda radical.

 

  La lectura de las reflexiones de Jeremy Rifkin  tiene el indudable interés de acercarnos a la comprensión de las causas profundas de la crisis actual. Curiosamente en todos sus escritos se obvia, por descontado, los puntos de vista tan frecuentes y de moda de la mayoría de analistas políticos de la actualidad: ni malos gestores, ni avaros financieros, ni burbujas inmobiliarias, ni deudas soberanas, ni tan solo de demoníacos centros de poder que desde la nocturnidad y alevosía manejan a su antojo los destinos del mundo. Sin quizás darse cuenta de ello, Rifkin, se sitúa en el marco de lo que podríamos llamar el más estricto análisis y rigor materialista. ¡Qué paradoja! Los asesores reformadores del sistema por el camino del materialismo y la llamada izquierda progresista anclada en el más absoluto idealismo y dogmatismo.

 

 Para Rifkin, la sociedad ha evolucionado de tal manera, a causa de una extraordinaria revolución tecnológica, que ya no es posible su supervivencia a partir de la anterior sociedad: la “sociedad del trabajo”. Su simple interrogación formulada hace casi 20 años: “Sabemos que viene el tiempo libre, mucho tiempo libre”. La pregunta que nos planteamos es si va a ser para disfrutarlo o para hacer filas de desempleados” ya tiene respuesta. El sistema que se presentó como la última forma más evolucionada que permitiría un progreso sin fin generalizable para toda la Humanidad (el sistema de la apropiación privada, la economía mercantil y el trabajo asalariado) se acercó inexorablemente a sus límites. Hoy solo puede hacer “filas de desempleados”.

 

 Y ante esta evidencia solo se oyen los llantos tanto de sus aduladores como de sus detractores: Es preciso, como sea, crear trabajo, gritan todos al unísono. Pero, se equivocan. Todos ellos han tomado el atajo, impensable, del regreso al pasado. Mientras ellos quieren continuar creando trabajo (¡en su forma asalariada, claro!) la sociedad sigue su camino en dirección opuesta: Investiga, crea, produce, difunde y generaliza, sin cesar, maneras de producir con menos trabajo, con menos esfuerzo, en menor tiempo y con mucha más eficacia… y de una manera colaborativa y cooperadora, sin límites ni cadenas, que rompe las viejas formas del trabajo de la vieja sociedad de la mercancía y del dinero. La sociedad del conocimiento y del “procomún” ha puesto en jaque a la sociedad del trabajo y de la “propiedad privada”. 

 

 En este marco habría que entenderse la crisis del Estado. Del Estado como aquella moderna creación de la burguesía en su periodo histórico revolucionario frente al antiguo régimen feudal. De aquel Estado como instrumento de poder de las clases dominantes (siempre en continuo litigio y guerra con otros Estados por la apropiación y liderazgo del mundo) pero también como instrumento en cierta manera regulador de las tensiones sociales a partir de su consolidación como la recaudadora (apropiadora) de las rentas del trabajo y del monopolio de la violencia… Que perduró mientras hubo trabajo.  Este papel “conciliador” de los distintos intereses de clase desapareció (no pudo cumplirse) en el momento que se entró de lleno en un periodo de crisis de la “sociedad del trabajo” y al mismo tiempo cuando su propia soberanía nacional tuvo que ser cedida a una nueva clase (financiera) ya supranacional en un intento desesperado de encontrar una solución a su propia incapacidad e insolvencia.  Es decir, el antiguo Estado sin sus antiguas prerrogativas y sin su fuente fundamental de financiación  se ha ido convirtiendo  solo en el gestor de los intereses financieros supranacionales.  La crisis del trabajo y la crisis del Estado son, pues,  inseparables.  Los viejos Estados están en bancarrota en la medida de que el trabajo, tal y como hasta ahora lo hemos conocido, es irrecuperable. La fallida del Estado del Bienestar (como conquista social pero también como  forma de la continuidad del sistema en la medida que aseguraba la reposición de la fuerza de trabajo) es, pues, irreversible.

 

 Y así, el viejo sueño de la Europa de los pueblos o de la Europa de las Naciones se intenta construir con la suma de los viejos Estados-Nación incapaces e insolventes (en bancarrota técnica), que como mal menor van cediendo su soberanía a una enorme superestructura supranacional cada vez más alejada del control de los ciudadanos y cada vez más al servicio de unos intereses financieros que recomponen constantemente sus esferas de poder en base a “rescates” y al cobro de “deudas” cada vez más inviables.


  Nadie habla ya de la Europa de los ciudadanos. Están construyendo solamente un gran mercadillo en donde todo se compra y todo se vende a precio de saldo. Y mientras se recompone y  se concentra aún más el poder, más se empobrece y depaupera el nivel de vida de los ciudadanos.

 

 Es difícil adivinar las salidas a este periodo de crisis y de transición, pero probablemente el resquebrajamiento de los viejos Estados pueden dar lugar a la formación de entes territoriales más pequeños que por afinidad de historia, lengua, cultura o por la propia voluntad de asumir su propio destino intenten emprender un nuevo camino. Camino en donde prevalezca el “procomún” frente al interés privado. En donde el control de la gestión pública se acerque más a las cuotas de control democrático que desean  los ciudadanos. En donde la asunción de la auto gobernabilidad y la autogestión de todos los asuntos de la colectividad sean posibles. La libre confederación de estos entes territoriales podría ser un buen camino hacia  nuestra unificación.

 

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